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Un espacio entre mujeres

Llegamos desde lugares distintos, con historias distintas y, muchas veces, sin conocernos. Cada una entra con lo que trae de ese día: quizá cansancio, curiosidad, cierta timidez, ganas de encontrarse con otras o simplemente la necesidad de tener un espacio para sí misma.

Al principio todavía se siente un poco el afuera. Lo que venimos viviendo estos días, las cosas que hemos hecho antes de llegar, lo que tendremos que hacer después. También puede aparecer ese momento de no saber muy bien qué va a ocurrir o cuánto queremos mostrar de nosotras.

Y no hay prisa.

Durante el Círculo de Mujeres vamos llegando también de otra manera. A través del cuerpo, de la respiración, del movimiento, de la creatividad, de algún gesto simbólico o simplemente del tiempo compartido. Cada mujer a su ritmo y desde el lugar en el que está ese día.

Una mujer pone palabras a algo que lleva tiempo sintiendo. Otra escucha y reconoce algo de sí misma en lo que está oyendo. Alguien permanece en silencio. Otra necesita moverse. A veces aparece la risa y otras veces una emoción que quizá no esperábamos encontrar allí.

No todas vivimos lo mismo.

No necesitamos sentir lo mismo para poder acompañarnos.

Hay momentos en los que alguien comparte algo muy suyo y, mientras habla, una mirada cambia, otra mujer asiente suavemente o el silencio adquiere otra cualidad. No porque la historia sea la misma, sino porque algo de esa experiencia encuentra eco en las demás.

Quizá por eso una de las cosas que más valoro de estos encuentros entre mujeres es que no necesitamos encontrar una respuesta para lo que la otra comparte, solucionar lo que le ocurre ni decirle qué haríamos nosotras en su lugar.

Podemos escuchar. Y podemos ser escuchadas.

A veces, mientras estamos sentadas así, aparece también en mí la conciencia de todas las mujeres que estuvieron antes.

Las de nuestros linajes, conocidas y desconocidas. Madres, abuelas, bisabuelas y tantas otras cuyos nombres ni siquiera han llegado hasta nosotras. Mujeres que también compartieron la vida con otras mujeres: los cuidados, los trabajos cotidianos, las celebraciones, las pérdidas, las conversaciones y también los silencios.

Apenas conocemos fragmentos de muchas de sus historias. Pero me conmueve recordar que nuestra historia no comienza en nosotras.

Hubo mujeres antes.

Y cuando nos sentamos juntas, pienso también en ellas.

Quizá haya algo de honrarlas en este gesto sencillo: hacernos un lugar entre nosotras.

Un lugar para hablar y para permanecer en silencio. Para escuchar nuestro cuerpo. Para decidir cuánto queremos compartir y cuánto no. Para estar cerca de la experiencia de otra sin dejar de estar cerca de la nuestra.

Para mí, facilitar un Círculo de Mujeres tiene mucho que ver con cuidar las condiciones para que esto pueda suceder. Con ofrecer un espacio en el que cada una pueda estar desde el lugar en el que se encuentra.

Hay encuentros en los que ocurre mucho y otros que transcurren de una manera aparentemente más sencilla. Quizá no necesitemos medirlos por la cantidad de emoción que aparece, por cuánto se comparte o por si sucede algo especialmente revelador.

A veces una mujer se marcha con una comprensión nueva. Otras, con una pregunta. Quizá con el cuerpo algo más descansado. Con la sensación de haber podido decir algo que necesitaba decir. O simplemente con la experiencia de haber estado durante unas horas sin tener que hacer nada con lo que sentía.

Y eso también es suficiente.

Cuando el círculo termina, recogemos las cosas, volvemos a ponernos los zapatos, miramos el teléfono, regresamos a nuestras casas y a nuestras vidas.

A veces queda una frase. Una sensación en el cuerpo. Algo que otra mujer dijo y continúa resonando. O simplemente el recuerdo de haber estado juntas.

Quizá un círculo sea también eso.

Un lugar entre mujeres al que llegar como estamos y del que no necesitamos salir siendo otras.

María Plaza Serrano.

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