
Hay momentos en los que algo en ti ya sabe.
Aunque no sepas explicarlo.
No siempre sabemos lo que queremos.
Pero muchas veces, el cuerpo sí lo sabe.
Otra cosa es que hayamos aprendido a no escucharlo.
Muchas veces pensamos que decidir es algo que ocurre en la cabeza. Que necesitamos entender, analizar, estar seguros antes de actuar. Pero en realidad, el sistema nervioso ya ha respondido antes. Antes de que puedas ponerle palabras, tu cuerpo ya ha sentido si algo es para ti… o no.
A veces, incluso antes de poder explicarlo.
El problema no suele ser no saber. Es no reconocer ese lenguaje, o no confiar en él.
El “sí” en el cuerpo no siempre es entusiasmo o euforia. A veces es mucho más silencioso. Se parece más a una sensación de espacio, a una respiración que se abre un poco más, a un cierto encaje interno difícil de explicar. No necesariamente es cómodo, pero tampoco hay contracción. Es más bien como si algo en ti dijera: puedo estar aquí.
El “no” tampoco siempre aparece como un rechazo claro. A veces es más sutil: una tensión que no sabes de dónde viene, una respiración que se queda arriba, una ligera incomodidad, un recogimiento del cuerpo. Y muchas veces la mente intenta adaptarse, busca explicaciones, minimiza, negocia. Pero el cuerpo no negocia igual.
Si durante mucho tiempo has tenido que adaptarte, sostener o agradar, es posible que esta brújula se haya vuelto menos clara. No porque haya desaparecido, sino porque otras cosas han ido ocupando ese lugar. El “tengo que”, el “debería”, el “da igual”. Y entonces aparece la duda, la desconexión, la sensación de no saber qué es para ti.
Y en medio de todo eso, puede ser fácil perder de vista lo que ya estaba ahí.
El cuerpo no deja de hablar. Solo que lo hace bajito. Empieza con señales pequeñas: un cambio en la respiración, un ajuste en el tono, una sensación apenas perceptible. Si no se escucha, sube el volumen. Más tensión, más agotamiento, más malestar. Hasta que ya no puede pasar desapercibido.
No se trata tanto de encontrar la respuesta correcta, sino de poder quedarte lo suficiente como para notar qué pasa en ti cuando estás delante de algo. Si hay un poco más de espacio o un poco menos. Si la respiración se mueve o se queda contenida. Si el cuerpo puede estar… o empieza a protegerse.
A veces un “sí” da miedo. Y a veces un “no” duele. No siempre es evidente ni cómodo. Pero hay algo que se va haciendo más claro: lo que te acerca a ti se siente distinto a lo que te aleja.
Poder reconocer y sostener esa señal, aunque sea pequeña, ya es en sí mismo una forma de cuidado.
No se trata de acertar siempre, sino de ir reconociendo cómo se siente en ti. De ir reconociendo cómo responde tu cuerpo y qué necesita en cada momento, dejando que esa información tenga lugar.
Porque hay un tipo de claridad que no se construye pensando.
Se siente.
María Plaza Serrano.